19.10.05

Capítulo 15

"Todo comenzó cuando Severus Gronpius creó su Máquina, un artefacto cúbico de gran poder, que se alimentaba de la energía contenida en las cinco esferas de la Victoria. Severus dedicó muchos años de su vida a concentrar las esferas, y consiguió acumular en cada una de ellas la energía equivalente a diez segundos de sol. Cuando Severus murió, su rival se hizo con la Máquina y la utilizó para crear una raza de vampiros con la que pretendía dominar la Tierra y colonizar otros planetas. Estos vampiros sólo pueden ser destruidos con la energía de las esferas o con la de una estrella. La chica del callejón es una de ellos, por eso sus balas no le hicieron nada."

El inspector Murillo miró a Eva, incrédulo: "Abrevie, joven, no tenemos tiempo para cuentos de hadas. Los llevaré al aeropuerto, pero no saldrán de allí mientras no me hayan explicado hasta el más mínimo de los detalles. Espero que tengan pruebas de todo eso que me cuentan."

"De acuerdo, señor, resumiré todo lo que pueda. El caso es que las esferas se perdieron y nadie las encontró hasta la Segunda Guerra Mundial. Los nazis las encontraron y pretendían esconderlas en la argentina, pero el barco que las llevaba fue hundido. Dos de las esferas están en lugar seguro, pero las otras dos han caído en manos de los vampiros. Cualquiera que tenga tres esferas puede anular el poder de las otras dos, por eso devolvemos ésta al lugar de donde nunca debió salir."

El inspector Murillo abrió unos ojos como platos y dejó caer su mandíbula. "Sí, señorita, al aeropuerto. Continúe, por favor..."

"No hay mucho más que contar", prosiguió Eva, "hemos recuperado dos esferas y ahora hacemos lo propio con la tercera. Los vampiros están muy cabreados porque saben que en cuanto las juntemos podremos destruirles, por eso matan a todos los que han estado cerca de mí, por si alguno de ellos ha podido recoger la esfera de mis manos. Lo malo es que ellos tienen la máquina, así que si son ellos los que consiguen juntar tres esferas no solo destruirán las otras dos, sino a toda la humanidad con ellas. En el aeropuerto tenemos un avión esperando que nos llevará a Habsburgo."

"Allí nos espera mi jefe", prosiguió Paul, "el Barón, que posee el secreto del funcionamiento de las esferas. Tendremos que convencerle de que nos lo dé, pues a él le dolerá mucho que se destruyan las dos esferas restantes." Disimuladamente, Paul le pasó a Eva el libro que había logrado rescatar entre los restos del Señor Muerte. Parecía que estaban convenciendo al inspector, aunque aún no había pensado cómo despistarle al llegar al aeropuerto. Su primera intención había sido entregar la esfera al Barón, como había hecho con las otras dos, hasta que descubrió que Eva se las había robado y las había puesto a buen recaudo en una caja fuerte del aeropuerto. Tendría que confiar en ella. Tendría que creer que ella podía dominar el poder de las bolas y también que podía utilizar ese poder para sanarle.Tendría que creer que la humanidad entera estaba en peligro y que sólo Eva sabía como evitarlo. Lo que aún no entendía era qué demonios hacía con ellos ese argentino desmayado y qué le había pasado a la esfera cuando el argentino la tomó en su mano.

Eva miró a Paul y susurró: "luego te lo explico".

Paul recordó cómo buscando la tercera bola se había encontrado con Eva y cómo ella le había convencido para que se uniera a ella en esa misión de superhéroe que a él se le antojaba que le quedaba grande. Cómo Eva le había explicado que ella era la última descendiente de Severus Gronpius y que con su ayuda salvaría el mundo. ¿Qué demonios hacía ahí el argentino? Había algo en toda aquella historia que no encajaba. Cuando Severus Gronpius murió no dejó descendencia. ¿De dónde había salido Eva? Se quedó mirándola y notó algo. Como un aroma de maldad que emanaba de su piel. Sintió ganas de olvidarlo todo, pero ya era demasiado tarde. Ahora era él quien tenía que salvar el mundo. Salvarlo de Eva. Recordó haberle dado el libro del Señor Muerte y deseó con todas sus fuerzas que no fuera el libro que Eva buscaba.

El inspector Murillo aparcó delante de la Terminal 4 y miró a Eva. Eva abrió la puerta, bajó un pie y luego el otro, y cuando estaba a punto de echar a correr, una mano le asió la muñeca. "¿Paul?"

"Te acompaño. Y supongo que tendremos que llevarnos al argentino. Al fin y al cabo, él es el elegido."

"Sí, claro", dijo Eva. "Vamos." El inspector Murillo se les quedó mirando con la boca abierta. Ya no sabía si seguirles o irse a su casa. A dormir. Deseaba despertarse al día siguiente y descubrir que todo había sido un sueño. Se recostó sobre el volante y se quedó dormido.

Eva, Paul y Froilán se dirigieron a la puerta de embarque...

2 comentarios:

crub dijo...

Muy buenas los dos capitulos!!! de verdad, recién los leí y ya estoy oensando como sigue. Trataré de no desentonar!!!

El inadaptado dijo...

Te he reservado para el gran final, porque confio en tu gusto y para darte tiempo puesto que fuiste el último en escribir en la anterior entrega. Atento porque empiezan a poner las cosas difíciles!